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lunes, 22 de agosto de 2016

Andar y pasear


Menorca, veraneo y ciudad



            Andar no es pasear. Andar es ir hasta algún sitio. Pasear no es nadar. Pasear en irse, pero no saber dónde, ni cuando se volverá, dentro de unos límites, claro. Para el cronista, pasear es ir por la calle. Mirar escaparates, que son los hábitats de los números, con su disfraz de precios y su máscara de cóma y decimales. Leer los rótulos comerciales, y analizar su letra. A veces encontramos una reliquia racionalista o alguna antigualla postmodernista. Sortear los coches aparcados y escudriñar su interior para descubrir psicologías de los dueños y su familia. Pasear es mirar las cafeterías a ver cuál tiene el periódico libre, y tomarte un café mientras repasas los titulares. Si no hay cafés, mal vamos. O sentarse en una terraza de las de siempre, con un libro de poesía que descifrar, y anotar en sus márgenes las libérrimas notas que se nos ocurren. Pasear en cruzarte con fulano, otro paseante, y saludar en breve pero intenso intercambio de parabienes. Es cruzar semáforos, e imitar al hombrecillo verde que camina perpendicular a nosotros. Seguramente irá hacia el siguiente semáforo para encenderlo. Mucho trabajo para este liliputiense servicial y agradable. No como su hermano, siempre quieto, en rojo. Parece Cristiano Ronaldo luego de haberse dado la vuelta saltando al completo y abriendo apenas sus brazos, dice mi nieto Miguel. Los semáforos dan mucho juego al paseante. Pasear es buscar la sombra en verano, aunque se dé un rodeo. Y es pararse en los kioskos a leer gratis las portadas de las revistas. Y es mirar hacia arriba a los balcones y ventanas, para sorprender al voyeur que nos mira, creyéndose impune en su mirar. Y entrar en las iglesias, la mayoría cerradas. O verlas por fuera, y reconocer sus iconos, que tanto dicen y que nadie escucha. O casi nadie. Pasear  es vivir.
         Andar es otra cosa. Es ir de recaos, aunque sea el del médico en relación con el colesterol. Es ir a un sitio para hacer algo en ese sitio. Un deber, vamos. Hay quien ha hecho rutina del deber, está en su derecho. La diversidad es una gran cosa.
         En las urbanizaciones modernas donde se veranea, no se puede pasear en el sentido arriba indicado. No hay tiendas, ni iglesias, y los cafés son otra cosa. Son lugares donde hace 50 años sólo había rocas, arena y playa salvaje. Y hogaño, edificios, dúplex, vallas que limitan la propiedad privada y eso.

         Yo quisiera veranear en sitios como Águilas, Torrevieja o Guardamar, donde hay calles con solera, casinos, tiendas y hasta iglesias. Ahí, sí que se puede pasear como yo digo. Andar, se puede andar en cualquier parte. 

viernes, 12 de agosto de 2016

Los ojos negros

  

                         Foto: Yayo Delgado



El día en que perdí la gracia del mar en mis ojos, había salido, a la tarde, a contemplar el dorado ocaso de un estío, en un día muy azul, sin viento. Llegué hasta la vieja bocana que cerraba la rada, en el terminal del espigón, cabe el faro chico que marcaba la entrada al puerto. 
Enseguida divisé el pintoresco paquebote que todos habíamos visto atracado en el muelle de visitantes días atrás. Era un viejo barco, de toldos a popa, alta chimenea fosca y bajo castillo central. De sus paredes externas colgaban rojas ruedas de salvamento. Era blanco, el color de los atuendos de las gentes elegantes de cualquier balneario de la Europa Central de la Belle Époque. En plena temporada estival por supuesto. Las barandas de la cubierta, blancas también, eran finas, férreas, muy estilizadas. 
Había zarpado lentamente, como sin hacer ruido. Un leve humo transparente, que azogueaba el aire, escapaba de su alta y antigua estufa negra. Las aguas apenas dejaban la natural quietud de aquel día sin viento, al ser surcadas por la leve y ancha proa del barco. No signaba nombre alguno en las amuras. Tan sólo una matrícula de iniciales que supuse francesas, acaso belgas. Imaginé que en el espejo, bajo la popa, que adivinaba ancha como replaceta de aldea galana, vendrían caligrafiadas las letras del encantador paquebote.
Salió un marinero, de camiseta de rayas azules, horizontales., con pantalones blancos. Y se dispuso firme, piernas abiertas, brazos atrás, delante del castillo, como para avizorar peligros, ahora que salían a mar abierto. Yo estaba en la bocana misma del puerto, a donde había ido a matar la tarde, mirando el sol del ocaso. Pero aquella víspera me deparó un milagro.  Los ojos de buey de los camarotes, velados estaban por cortinajes de beig coloración. Ni uno solo se hallaba descorrido. El barco seguía pasando interminable y hermoso, en los pocos segundos de tiempo del mundo en que tardó en pasar. Una eternidad para mis ojos, que volvían a un pasado que nunca vieron. Un principio de siglo añejo, que extrañamente volvía para solaz y sonrisa de mis ojos.
         Las alturas del castillo, de un solo piso, no mostraban señales de tecnología al uso, de rádar o cosa parecida. Una buena brújula y un sextante bastan al buen marinero. No me pregunté por las comunicaciones. La sólida belleza blanca del exacto paquebote era suficiente razón de marinería para existir. Poco a poco iba pasando la blancura de maravilla. Yo temía que acabara. Y supliqué al dios del tiempo detuviera sin pararlo aquel lapso que me transportaba hacia un tiempo atrás de orden y elegancia impar.
Por fin, comenzó a surgir la popa. El toldo, armado con barras de corte similar a la barandilla de los laterales, era asimismo blanco, aunque algo ahuesado como corresponde a la lona usada. Y ocupaba la mitad de toda la parte posterior del barco.
Lo primero que vi fue un sillón de mimbre, de ancho respaldo. Estaba ocupado por una dama. Una pamela malva de amplias alas sobrepasaba la herradura de artesanía del feble y apuesto sillón. Un pañuelo de ambarina tonalidad ataba la pamela de copa a  barbilla, volando por los laterales. Hacia los brazos del mimbreado asiento, los dos codos, enfundados en brazo de tubo color marfil de la dama, prometían acabar en unas manos que mantuvieran lectura de tono y mérito. Manos acaso enfundadas en guantes de impoluta albaridad. En la mesa de servicio, frente a la dama, una alta copa de fino cuello encerraba un dorado líquido que adiviné champagne.
         En eso, la femenina figura recogió el libro. Antes de posarlo en la mesa, pude ver su portada: Konstantino Kavafis, Poemas. Luego se levantó. Cogió delicadamente la copa por el fino cuello, y se dirigió con ella a la misma baranda de popa. Allí, mirando el puerto dejado atrás, levantó el cristalino cáliz. Sus ojos eran negros, profundos, hermosísimos... Torció el rostro, y me miró sonriendo. No pude sostenerle la mirada. Después bebió.
Fue entonces cuando pude leer el nombre del barco: “À la recherche”Una enorme bandera belga colgaba vertical, tapando alguna sílaba del cartel, claveteado con remaches.
Cuando levanté la vista, no había barco. No había dama, no había nada. Tan sólo mi desconsuelo infinito. Ni la estela siquiera. Nada. Aire tan sólo. Nada.
Muchos otros ocasos de estío he vuelto al paseo del faro último, por ver si retorna el barco de la misteriosa dama de ojos negros,  que leía a Cavafis en un barco de nombre proustiano, y me sonreía. Pero, nunca lo he vuelto a ver. Y mis ojos en el vacío errarán por siempre, sin que nada pueda consolarlos. Pues por no responder a una mirada, perdieron la gracia toda de la mar, que hasta entonces tenían como cosa propia que siempre habría de durar.


Santiago Delgado




© Todos los derechos reservados 2.016

El © de las fotografías, posters y textos es exclusivamente de sus autores, propietarios o licenciatarios.

lunes, 8 de agosto de 2016

Recursos de escritor

 

Bougereau. La Inspiración. 



A mí, eso de que “si viene la musa, que te pille trabajando”, me pareció siempre de un ingenio de receta, poco creativo. Yo siempre supe que lo que escribía lo debía en la mayoría de los casos a mi esfuerzo redactor, basado en la memoria, la ocurrencia, el ingenio, el plagio (sí, el plagio, qué pasa), la escritura mecánica o la metáfora cazada al vuelo. La metáfora se caza al vuelo. No es como las moscas, que se cazan cuando están posadas. Las metáforas mejores son las que vienen a dejarse cazar, no las que llevan radar como los murciélagos, que esquivan todos los manotazos que les lanzamos. Así que si la musa no quiere venir o llega tarde, ya sabe que estaré refocilándome con alguna de sus hermanas bastardas. Avisada está, y ya sabe que no escucharé sus llantos, siempre con letras de bolero, a base de ingratos y perjuros. Por cierto, el nivel verdadero de mi condición de escritor es el de letrista de boleros. Pero no he tenido oportunidad de hacer de tal. El mundo es “ansí”, en otra reencarnación será.
         Escribo cuando me da la gana, y en mi gana mando yo, ni siquiera la gana misma. No me ha dado pavor nunca el folio en blanco. Por cierto, a ver si vamos dejando tópicos de la era de papel, y vamos diciendo pantalla en blanco, que todos escribimos a ordenador. ¿O no? Yo tardé dos años en seguir escribiendo la forma verso a mano sobre papel, hasta que me rendí. La prosa la tecleé enseguida en pantalla, obviando el soporte papel. Y eso no quita que escribir con una buena estilográfica sobre buen papel siga siendo uno de mis mayores placeres. Lo cortés, no quita lo hernán.
         Por eso, escribo si quiero y si no quiero no escribo. Es fácil de entender. Por eso tengo ordenador en mi residencia habitual y en la casa de la playa. Y aún tengo otro portátil para los viajes. Tuve uno chico, para irme a escribir a la cafetería, pero lo regalé. Cayó en desuso notorio, y lo evacué con todos los honores. En las cafeterías prefiero llevarme un libro de poemas, y descifrar los mensajes del poeta. Como quien hace crucigramas o así. Los poetas nunca escriben claro, ni cuando escriben claro siquiera. Descifrarlos lleva tiempo. Y ocupar tiempo es lo que busco en las cafeterías. Lo que se me ocurre, lo anoto con lápiz en los márgenes, y me creo a mí mismo como muy importante. A veces luego escribo lo que he lucubrado mientras escribía en los citados márgenes, y digo que es una crítica al libro.

         La musa fue un invento romántico, que sacaron para contraponerla al escribir según reglas y mandatos académicos, que obligaban a los neoclásicos. A las musas les daba mucho asco acudir a las buhardillas putrefactas de los poetas románticos, que ni se duchaban, ni nada. Por eso, cuando llegaron los modernistas, que también funcionaban con musas, se pusieron muy contentas. Los modernistas, la mayorías, vestían bien y habitaban palacios de organdí (que no sé qué es), y jardines de reseda (que tampoco sé lo que es). Hoy, creo que sufren más con la descreencia de los postmodernos, que con los efluvios de tigre de aquellos románticos de buhardilla desahuciada. Salud.


sábado, 6 de agosto de 2016

Poema apócrifo (homenaje) para Pedro Salinas

  
cartas de amor del poeta


En realidad, es un poema-apostilla al poema de Pedro Salinas “Si me llamaras”, subido por mi amiga Charo Guarino a la red en Facebook. Siempre me gustó ese poema. Y de corrido me salió esto, muy salinesco, naturalmente, hasta el punto de que, en realidad es un “Apócrifo de Pedro Salinas”. El profesor vivió su amor con la alumna dilecta (*). Y yo estoy seguro que ella se enamoró de él, antes de que el poeta le tirara los tejos. Todos hemos sido profesores de Literatura.

   Con la palabra escrita
yo buscaba enamorarte.
Con la palabra hablada
yo buscaba enamorarte.
Con el silencio de voz
yo buscaba enamorarte.
Con las palabras borradas
yo buscaba enamorarte.
Con mis suspiros
yo buscaba enamorarte.
Con mis manos al aire
yo buscaba enamorarte
Con mis gestos y miradas
yo buscaba enamorarte.

  Con todo lo que me concierne
yo buscaba enamorarte
sin saber que tú, ni nadie,
no te enamorabas por esas cosas
que te enamorabas,
–como todo el mundo que se enamora–
sin saber que ya habías empezado a enamorarte.

  Que el amor no avisa
y ya nos tiene poseídos
cuando advertimos como inicio
lo que no es sino plenitud del ser
del ser que es amado y amante.

   Cuando creemos sembrar amor,
si no está ya el amor germinado,
de nada nos vale,
creedlo, de nada nos vale.

  No hacemos nacer el amor,
que el amor, el verdadero amor,
nadie advierte que nace.









(*) http://elpais.com/diario/2002/04/07/cultura/1018130401_850215.html

Copyright

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