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viernes, 12 de agosto de 2016

EL MAR MENOR, ANTE EL EGOÍSMO Y LAS NECESIDADES DE LOS TIEMPOS


ANTE EL EGOÍSMO
Y LAS NECESIDADES
DE LOS TIEMPOS

POR EL EXCMO. SEÑOR
D. JOSÉ MARÍA BARNUEVO
        ex-senador, ex-diputado a Cortes, etc., etc.








~~~~~*****~~~~~

Madrid
(1902)


EL MAR MENOR
Ante el egoísmo y las necesidades de los tiempos
         
          En el mes de Septiembre último se publicó en los periódicos de Murcia un telegrama del alcalde de San Javier al Gobernador civil de la provincia en que se decía: “Ha producido gran alarma entre estos pescadores, dueños de encañizadas y vecinos, la noticia de haberse empezado los trabajos para la apertura del canal del Mar Menor. –La construcción de ese canal representa la total ruina de sinnúmero de familias que viven de la pesca, y acabaría con intereses creados que ascienden a muchos millones.— En nombre de todos le ruego transmita que se paralicen estas obras, que repito, traerían una profunda perturbación a este pueblo, porque mata su principal riqueza.—El Alcalde.”
          A esto añadieron algunos de los periódicos de Murcia los comentarios que les sugirió sin duda su buena fe y su creencia de que, en efecto, los clamores eran de todo el vecindario, cierta la ruina de sinnúmero de familias que viven de la pesca, segura miseria y la perturbación de la comarca.
Pero como todo esto era pura fantasía y no era exacto que se hubieran empezado tales obras, desgraciadamente para el país, ni menos que pudieran tener las con secuencias funestas que se anuncian con tanto aparato, creí que debía acudir a los mismos periódicos para poner de relieve las inexactitudes cometidas y deshacer los errores de tal decisión para purificar la atmósfera que intereses egoístas trataban de crear contra un proyecto garantizado ya por una ley de reino que tiene por objeto sanear una extensa comarca, de la que el pueblo de San Javier es una pequeña parte, y el de proporcionar medios para el aumento de aquellos mismos intereses con el establecimiento de un gran puerto de refugio que diera a la Albufera la importancia y los elementos que habían de transformarla en beneficio de todos, sin daño para nadie, o por lo menos sin daño que no pudiera ser compensado por las ventajas tan grandes que había de reportar a los intereses de la nación a los del comercio universal y, sobre todo, a la masa general de la población, que sufre los efectos del paludismo.
          Pero habiendo pensado fríamente sobre ello, y acallando los impulsos más vivos de mi corazón, fundados en el convencimiento de que la realización del proyecto lleva consigo beneficios incalculables, creí más conveniente no acudir a la prensa periódica, donde se corre el riesgo de entrar en polémica más o menos viva y apasionada, cuando sólo se trata de un asunto de interés público, y podría traducirse mi solicitud y diligencia como algo que llevara envuelto la idea de un negocio particular.
          Por esto emplearé otro medio de publicidad, donde en una esfera tranquila y con la serenidad que el caso requiere, aparezca el noble propósito que guio a los iniciadores de un proyecto que en otro país más cuidadoso de su progreso y de su engrandecimiento que el nuestro, hubiera sido acogido con el entusiasmo y decisión que merece un pensamiento que contiene gérmenes de prosperidad y medios seguros para aprovechar todos los elementos de riqueza que, o no se utilizan, o se utilizan de mala manera.
          Pocas regiones hay tan ricas como esa de Levante por la fertilidad del suelo y por los tesoros que encierra en sus entrañas la tierra. En ella encuentra el agricultor y el industrial recursos inagotables para aprovechar los productos más varios que la naturaleza proporciona al hombre; pero como no se emplean otros medios ni otras artes que la de la rutina y las de primitivos tiempos, son inútiles las lecciones de otros pueblos más adelantados y diligentes, que sacan partido de todo, a pesar de que tienen que luchar con la pobreza y condiciones desfavorables de los elementos naturales.
Hasta en las aguas saladas, que por regla general sólo sirven de vehículo para la comunicación universal y el fácil mantenimiento de las relaciones comerciales, tienen ahí, además del aliciente que ofrecen los intereses de la pesca, los de la producción de la sal, que es ya de por sí una riqueza, pero que además puede dar origen a la industria salazonera, que tanta importancia alcanza en otras regiones de nuestra misma Península, si se tiene en cuenta que la sardina se ha presentado en excelentes condiciones.
          Como atravesamos una época muy triste en que el egoísmo prepondera y nadie comprende que el sentimiento del bien y el deseo de hacer algo útil para los demás mueva la voluntad sin una ventaja personal, positiva y real, he dudado si debía tomarme la molestia de salir al encuentro de insinuaciones que corren sin contradicción y dan lugar a errores que cierran las puertas, o por lo menos las entornan, para que los horizontes que se descubren a la luz de la esperanza y de la regeneración se cubran con las nieblas del recelo y de la suspicacia, que procuran fomentar aquellos que sólo atienden a su interés, que será más o menos legítimo, pero que afecta a unos pocos, manteniendo el estado actual, que perjudica tan notoriamente a la salud pública y a las necesidades crecientes de la masa general de la población.
          No para pelear, ni para luchar con la intriga ni con intereses mezquinos, vuelvo de nuevo a llamar la atención de los que aman a su país y sienten el anhelo de hacer el bien, sino para que conste una vez más que el Mar Menor es susceptible de una transformación bienhechora, que en vez de un foco de desventuras y males, sea en el porvenir elemento tan poderosos de bienestar y de riqueza.
          La idea seguirá flotando en la atmósfera y ya se irá haciendo camino, a pesar de la indiferencia y apatía de los beneficiados, que, sumergidos en un letargo funesto, no prestan calor y alientos a una gestión que necesita ambiente favorable y simpatía.
          Por lo pronto, es conveniente enterar a los que ocupan de este asunto que hay dos expedientes.
          Uno que se refiere a la construcción del puerto, cuya importancia y transcendencia para la riqueza pública sólo pueden desconocer los espíritus mixtificados, pero que exige una preparación y un estudio que ha de dilatar muchos años la realización de una obra de reconocida utilidad para toda la comarca.
          Otro que se limita a la apertura de un canal provisional que, dando paso libre a las aguas del Mediterráneo, imprima a las de la Albufera mayor movimiento, arrastre el cieno que forman las hierbas putrefactas, que en gran cantidad se estancan, siendo la causa más importante del paludismo que invade un extenso territorio y produce una alteración casi permanente de la salud de sus moradores.
          Y este expediente ignora el periódico que inició la campaña (1) (porque sin duda no se lo comunicó su amigo de San Javier) (*) que se promovió a instancia de varios vecinos muy dignos, muy honrados y respetables de dicho pueblo y de otros que lo son de Los Alcázares, San Pedro Del Pinatar y creo que de Los Nietos, pidiendo que se pusiera remedio a la situación palúdica que existía en las orillas de la Albufera y en el interior de la costa por la apertura del canal, cuyo éxito favorable lo comprueba el estado actual de aquella, pues la simple rotura de la manga por efecto de un temporal ha bastado para que sus orillas queden limpias del cieno, que ha sido reemplazado por fina arena y pequeñas conchas, con lo cual el mal olor y las miasma infecciosas han desaparecido, pudiéndose añadir a estas ventajas la presentación de nuevas especies de pesca, como la sardina y los langostinos, que han alcanzado precios considerables y han compartido con los lenguados, las doradas y el mújol el interés del mercado.
          Con este expediente, de más fácil estudio que el del puerto y de realización más inmediata y económica, se llena en primer término la necesidad imperiosa de atender a la salud pública, y se resuelve a la vez el problema vital de atender a las matrículas, que no tienen en el día medios ni elementos permanentes para vivir y sostener a sus familias, atacadas de la fiebre y sin más recursos que el trabajo de las minas.
          A nadie se le oculta que el canal provisional podría servir de ensayo para prejuzgar el éxito del puerto y que los vecinos que acudieron al Gobierno pidiéndolo tenían sentido práctico y estaban movidos por un espíritu nobilísimo de patriotismo y humanidad.
          Conocedor de las necesidades del país y de los elementos de riqueza que encierra; sintiendo las palpitaciones de una población honrada y sencilla que aspira al mayor bienestar, al adelanto y progreso, caí en la tentación de hacerme eco de ese movimiento para darle dirección y encauzarlo, no por mi propia autoridad ni por mi esfuerzo exclusivo, sino con el concurso, con la fuerza y con el prestigio de las personalidades más importantes y conocidas que se asociaron al pensamiento. Cuyos nombres habían de ser un garantía para todos.
          Creí que con sólo iniciar la idea comprendería todo el mundo que con este proyecto se abrían horizontes dilatados a la actividad humana y que la industria encontraría medios que podían ser la base del engrandecimiento de esta pobre comarca, a semejanza de lo que ha ocurrido en otros pueblos que abandonaron la rutina y la timidez en sus explotaciones y hoy son ricos y adelantados.
          Pero la verdad es que no tuve presente que, allí donde no hay más que indiferencia y donde se ve con toda tranquilidad el despojo de los derechos más sagrados y de los intereses más vitales, no se puede buscar entusiasmo ni alientos para vencer los obstáculos que en toda empresa sobrevienen, sobre todo cuando se trata de ideales que necesitan espíritu elevado, inteligencia para comprendedlos y voluntad firme para realizarlos.
          Pero después que he visto que la oposición de unos pocos, muy pocos, que quieren monopolizar las encañizadas no produce la menor contradicción pública de la masa general que sufre en primer término la influencia maléfica de las emanaciones palúdicas del Mar Menor, siendo la víctima de restricciones intolerables, he pensado que hay que reprimir los estímulos de la fe viva que nacen del convencimiento profundo de la bondad del proyecto, puesto que los interesados parece que desdeñan la defensa de sus derechos por quien desinteresadamente se había lanzado en su favor, sin tener en cuenta las contrariedades y tropiezos que suscitan siempre aquellos que sienten las tristezas del bien ajeno.
          Y sin embargo, no son estos tiempos aquellos de 1760, en que la causa de los desvalidos encontraba fácilmente apoyo y protección. Entonces se miraba con particular solicitud todo ello que se refería a las matrículas, cuyos derechos se defendían con tesón, y se puede recordar, entre otras medidas, la adoptada por la Intendencia de Marina de Cartagena de señalar las dimensiones de las encañizadas para cortar recursos y pleitos entre los arrendadores de las mismas y los pescadores, contener la codicia de aquellos y su ojeriza a éstos. Con lo cual se ve que viene de antiguo la falta de armonía entre unos y otros intereses.
          Aunque parezca una digresión, no será inoportuno recordar las vicisitudes por las que ha pasado este asunto.
          Las referidas encañizadas eran uno de los bienes de Propios de la ciudad de Murcia, que tenía la posesión y exclusiva de ellas por virtud de una Real carta ejecutoria expedida en 29 de Abril de 1513 por la Reina Doña Juana, confirmatoria de las sentencias dadas en vista y revista por la Chancillería de Granada en el pleito seguido entre el Consejo, Justicia y regidores de la referida ciudad y el de Cartagena.
          En dichas sentencias se da a la ciudad de Murcia la facultad de prohibir a toda persona la pesca en la expresada Albufera sin su licencia y consentimiento, y de imponer multa al que lo ejecutare, excepto a los vecinos de Cartagena, los cuales se declara que pueden pescar en la mitad de ella que está más cerca a dicha ciudad, y vender libremente el pescado (2).
          A principios del siglo XIX el Ayuntamiento repartía en ciertos días el pescado procedente de las encañizadas de que era dueño (las de la Torre y la Barraca) a los pobres, lo cual se llamaba dar pescado por reja, y más tarde el mencionado Ayuntamiento cedió aquellas a la matrícula de San Javier, que empezó a disfrutar de ellas, repartiéndose el beneficio entre todos los pescadores de San Pedro y de San Javier que la componían.
          Andando los tiempos, el Estado se incautó de ellas para administrarlas y repartir los beneficios entre los pescadores, lo cual se hizo al principio, pero luego se fue disminuyendo el reparto hasta prescindir de ellos en absoluto, sin duda porque se sostiene por quien le interesa que el rendimiento era menor que los gastos, y para indemnizar estos supuestos perjuicios se han ido pidiendo prórrogas de los arrendamientos, que el Estado, con esa ternura paternal que le distingue en algunas ocasiones, se ha apresurado a otorgar sin protesta, ni reclamación alguna, o por lo menos a mí no me consta, pudiendo interpretarse este silencio como la expresión de que todo va muy bien y que esta situación no debe alterarse, sin embargo de que los antiguos derechos de la matrícula para nada se toman en cuenta y de que no aparece en el presupuesto del Estado ninguna partida de ingreso por el arrendamiento de las pesquerías, a pesar de que en el Senado se ha llamado la atención del Gobierno sobre este extremo.
          Pero dejando a un lado estas historias del pasado, parecía natural que aun las inteligencias más vulgares se apercibieran de que la novedad que introduciría la apertura del canal sólo podría alarmar, aunque sin razón, a los pocos que monopolizan las encañizadas, bien como arrendatarios o ya como dueños; pero nunca podría ser motivo de temor ni de recelo para aquéllos que disfrutarán, no sólo de la pesca de las especies que discurrieran, como ahora, por el ámbito de la Albufera, sino también de las inagotables que viven en la amplitud del Mediterráneo, que hoy no está a su alcance.
          Cualquiera creería, al ver su actitud pasiva, que las matrículas llevan parte en los productos de las encañizadas o reciben a prorrata los beneficios de las mismas, cuando éstos se reparten únicamente entre los pocos que las explotan.
          Para que nadie se deje sorprender por ciertas alharacas y no prospere la idea de que una vez abierto el canal habrá concluido la pesca en el Mar Menor, no se necesita más que traer a la memoria lo sucedido en otras ocasiones, cuando los temporales han roto violentamente la manga y las aguas de la Albufera se han unido a las del Mediterráneo. Ya lo hemos dicho en más de una ocasión. Entonces se aumentaba considerablemente la pesca y se obtenían rendimientos de importancia, de que se han aprovechado los marineros, que han podido apreciar por sí mismos, que no sólo ha permanecido el mújol en sus antiguas aguas, sino que se han introducido las nuevas especies a que anteriormente he aludido, y que han alcanzado en el mercado tales precios que compensarían ventajosamente la disminución del mújol, si es que esto llegará a suceder, lo que no es probable ni racional, porque las condiciones del Mar Menor continuarán siendo favorables a la desovación y conservación de aquella especie, como sucede en otros puntos de España y de Italia, donde existe aunque el mar esté abierto y pueda circular libremente.
          Pero, ¿a qué hemos de ir a buscar ejemplos, cuando los tenemos tan visibles y notorios en el abundante criadero de La Llana, que todos conocen en el país mejor que yo?
          Y si esto es tan cierto que no necesita más comprobación que la que le preste la memoria y el conocimiento de la localidad, ¿podría negarse que una vez abierta la comunicación con el Mar Mediterráneo había de adquirir una importancia extraordinaria la pesca de la sardina, prohibida hasta ahora, que sería la base de la industria salazonera, con las consecuencias que ésta lleva consigo, y que constituye la riqueza de otras regiones que tienen condiciones menos favorables que las nuestra? ¿No anhelaban las matrículas que se les permitiera la pesca de aquélla, que resulta finísima y muy sabrosa?
          Los que han andado por el mundo activo y fabril podrán calcular lo que daría de sí el establecimiento de grandes depósitos de mercancías, la instalación de fábricas de conservas de sardinas en las orillas, ya saneadas, de ese pequeño mar, con el incentivo de unas abundantísimas salinas, que aumentarían además su riqueza con la facilidad de los transportes y su proximidad a la populosa e importante ciudad de La Unión.
          La creación de este centro de producción llevaría la vida y un movimiento desconocido a ese silencioso y olvidado rincón de la Península, adonde los barcos de todas clases podrían contar con un puerto tranquilo y seguro, comparable con el mismo de Cartagena y el de Pasajes, con los elementos propios para el desarrollo de la riqueza y el engrandecimiento del país, que hoy está reducido a la incierta pesca que dejan las encañizadas, cuando sus golas, mal preparadas, en vez de retener el pescado, facilitan su salida y no lo dejan entrar, como ha sucedido antes de la última rotura de la manga, en que andaba tan mal la profesión que muchos marineros guardaron sus redes y se fueron a las minas para buscar remedio a su escasez.
          Y sin embargo de la realidad de este cuadro y de las esperanzas risueñas que debía despertar en las clases que se hallan en medio de las tristezas y estrecheces que lleva consigo el estado actual, siguen indiferentes, dejándose influir por la idea de que la apertura del canal sólo serviría para dar entrada a los delfines (y no han dicho de toda clase de monstruos marinos para que no se diga que exageran), que acabarían con toda clase de pesca, sin reflexionar que las condiciones del Mar Menor permitirían su persecución y aprovechamiento, aparte de que si el proyecto tuviera el apoyo de la opinión y se realizara con todos los elementos que exige su importancia y transcendencia, no faltarían las compuertas que se cerraran y abrieran cuando las necesidades de la navegación lo demandaran.
          Nada perderían los dueños de las encañizadas con esta reforma, que, naturalmente, ha de hacerse con todo aquel estudio y meditación que requiere un proyecto tan importante para armonizar todos los intereses, utilizando los adelantos que la ciencia tiene ya ensayados en naciones donde se preocupan de las cosas que afectan a su engrandecimiento y prosperidad, sin detenerse ante los obstáculos que pueda suscitar el egoísmo o la estrechez de miras de un particular.
          Es cierto que en otros países se cuenta con más medios y con una riqueza superior a la nuestra; pero después de todo no es tampoco una obra que exija recursos y elementos que no quepan en nuestro presupuesto, sobre todo si se atienda á las ventajas y beneficios que ha de reportar su realización.
          Repetiré una vez más lo que decía en el folleto que se publicó en 1898, titulado El Mar Menor: su estado actual y su porvenir, en sus páginas 16 hasta la 21:
          >> Las condiciones de la Albufera han variado esencialmente desde el año 1869 por efecto de la intrusión de unas plantas marinas que se han propagado de una manera asombrosa, las cuales, unidas a los detritus que arrastran las lluvias, se pudren por efecto de los ardientes rayos solares y se convierten por en un cenagal inmundo, que produce unas emanaciones perniciosas al quedarse estancadas en las extensas orillas del lago, cuyas tranquilas aguas no tienen fuerza para limpiar la costa por falta de oleaje.
          >> La apertura del canal que se proyecta, con las condiciones facultativas que el estudio aconseje para facilitar la circulación de las embarcaciones, y el empleo periódico de dragas, han de poner remedio a aquel mal; porque es indudable que las agitaciones del Mediterráneo han de producir mayor movimiento y mayor empuje a las hoy encarceladas aguas, para arrastrar y dejar en tierra los elementos perniciosos, como sucede en todas las costas de los mares libres. Y siendo mayor el oleaje, y una vez que se haya hecho el dragaje y limpiado los fondos de este gran vaso, se habrá preparado una gran obra de coste relativamente insignificante, ante los resultados que debe producir, si se saben aprovechar los medios y ventajas que ofrece.
          >> Aparte de los beneficios que la masa general de la población ha de reportar en el comercio de cabotaje, por modesto que sea, se ha de notar desde luego el crecimiento de los varios caseríos que se han edificado de corto tiempo acá a las orillas del lago, entre los cuales son ya verdaderos pueblos Los Nietos, Los Alcázares, Santiago de la Ribera y otros, que ha de redundar en el mayor bienestar de los demás comarcanos por la facilidad de dar salida a sus frutos en mejores condiciones, lo cual puede ser un elemento de prosperidad en puntos donde escasean los medios de comunicación y los centros de comercio se hallan lejos.
          >> Que la pesca no había de sufrir detrimento lo ha demostrado la experiencia, como lo afirman los expresados Sres. Saavedra y García Sola en la Memoria de que ha hecho mérito al contestar a los que suponen que la diferencia en la cantidad de sal que tienen las aguas influye en la pesca. “Mucho se dice (se consigna textualmente en aquélla), por diversas personas, sobre salsedumbre de estas aguas, abogando porque se conserve la diferencia que ordinariamente sostienen con las del Mediterráneo (que oportunamente graduamos, señalando el alcalímetro 6,50º en aquéllas y 3,50º en las de éste), y sin embargo siempre reciben los pescadores con placer los aluviones, presagio seguro de abundante pesca, y a no pocos hemos oído lamentarse de la escasez de aguas torrenciales. Asimismo se ha notado que al entrar gran cantidad de aguas del Mediterráneo en el ya citado temporal del 69, lejos de sufrir perjuicio con esta mezcla, la producción fue en aumento.
          “La laguna de Comacchio (1) y otras al mezclar sus aguas con las corrientes constantes de las dulces que afluyen, tienen infinitamente menos salsedumbre y son abundantísimas en mújol; por lo tanto, no es esta condición indispensable para la cría de este pez, y sólo debe mirarse la oposición de estos pescadores a que se abran nuevas bocas en la manga como inspirados en el interés privado.”
          >>Bien puede sostenerse con tan autorizada opinión que la apertura del canal, lejos de perjudicar los intereses de las matrículas de San Pedro del Pinatar y de San Javier, había de contribuir al aumento de las especies, sin excluir la del mújol, que entraría y saldría cuando conviniera a su instinto por exigencias de la temperatura o por los atractivos que les proporcionara la mezcla de las aguas de aluviones y los arrastres de las lluvias, tan escasas como deseadas.
          >>Resulta de lo expuesto que no se presentan dificultades serias para llevar a cabo una obra de consecuencias tan beneficiosas, cuyo coste, digan lo que quieran sus enemigos, no ha de exceder de los límites prudentes y racionales que las circunstancias imponen y las fuerzas de la nación permiten, y de consiguiente, todos los hombres de buena voluntad y amantes de su país deben coadyuvar a tal pensamiento, porque se ofrece nuevo campo a la actividad humana y se abren horizontes nuevos para la industria y el comercio, sin daño real ni verdadero para intereses creados ni para los derechos de nadie.
          >>La demostración de este último extremo es muy sencilla.
          >>¿Qué intereses pueden ser perjudicados con el indicado proyecto?
     >>Los únicos que pueden alarmarse prematuramente son los dueños de las pesquerías conocidas con el nombre de encañizadas. Absolutamente nadie más puede mirar con prevención el nuevo estado de cosas que se intenta crear.
          >>Veamos si tiene razón de ser dicha prevención, y si, dado caso que el interés de unos pocos tuviera algún menoscabo, sería bastante para detener siquiera la realización de un proyecto que atiende única y exclusivamente al bien general.
          >>Ya se ha dicho antes que estas pesquerías pertenecen unas al Estado y otras a particulares, por concesión que hizo el Gobierno con cierta reserva en favor del interés público.
        >>En cuanto a las primeras, dado caso que no hubiera quien las tomara arrendadas después de la rotura de la manga, no parece que esto podría alegarse como perjuicio, porque si bien el Estado las subasta bajo un tipo determinado, es lo cierto que la partida no figura como ingreso en los presupuestos del Estado, o por lo menos el que subscribe no la ha encontrado en los últimos que ha examinado, y por lo tanto no aparece la utilidad tangible y suficiente para ponerla en contra.
          >>El arrendatario sólo puede explotarlas durante el plazo del contrato. Pasado Este sólo podrá alegar una razón egoísta y privada, que no puede tener fuerza para tomarla en cuenta.
          >>Posible es que la entrada del pescado en las encañizadas sufra alguna alteración en el nuevo estado que se trata de crear en el Mar Menor, y los productos que rindan estas artes no correspondan al deseo y a la ambición de sus explotadores; pero también es posible y no será aventurado el esperar que, aun cuando el canal ha de presentar una boca más ancha, profunda y expedita para la salida del pescado, la fuerte corriente les impulse a buscarla por las tranquilas y más suaves aguas de las golas. La verdad de todo esto es que no se pueden lanzar afirmaciones absolutas. El pescado irá adonde su instinto le lleve, y es casi seguro que, como en el año 69, el Mar Menor se verá poblado de multitud de especies, incluso la del mújol, que en los aluviones y corrientes de agua dulce podrá hallar satisfacción a sus aficiones.
          >>Lo dicho es aplicable en gran parte a los poseedores de las encañizadas cedidas a particulares. Ignoramos en qué parte del presupuesto figuran los rendimientos de éstas, y sin entrar a discutir la legitimidad y conveniencia de tales concesiones, sólo nos limitaremos a consignar que si hay derechos perfectos que resulten lastimados, la ley tiene siempre medios de reparar los perjuicios que se causen en beneficio de la generalidad. 
          >>Esto tampoco será motivo para que el proyecto tenga una oposición justa y racional; pero sea de ello lo que quiera, lo cierto es que entre la pérdida eventual o segura de intereses que sólo afectan a contadísimas personas y los de la salud pública y los de las matrículas y masa general de la población, no cabe duda en la elección.>>
          Expuesto queda el cuadro del pasado, del presente y del porvenir. En su primara parte se encuentran las tristeza, la fiebre y la penuria para esa multitud que trabaja y sólo alcanza una incierta y escasa recompensa. En la otra, elementos nuevos y efectivos que abren el corazón a la esperanza y ofrecen medios de satisfacer lo que tan vivamente solicita la actividad humana.
          Es indudable que la creación del nuevo puerto no será tan inmediata como su utilidad aconseja; pero la apertura del canal provisional sería un gran remedio para la salud pública y a la vez podría servir de ensayo para que se convencieran los que dudan y vacilan de los grandes beneficios que había de reportar a todos el establecimiento de un gran puerto que ensanchara los horizontes y prestara sus elementos de vida y regeneración a las clases necesitadas.
          He creído cumplir con un deber al tratar de realizar una obra de un alcance indudable que sigo creyendo favorable para los intereses del país, procurando que el Gobierno le prestara su concurso con los auxilios del Tesoro, puesto que ni los fondos provinciales ni los municipales podían subvenir a su realización, no buscando otra cosa que la satisfacción de haber procurado el bien de mis conciudadanos; pero abandono mi empresa para dejarla al cuidado de personas que se avengan con la ingratitud, porque no estoy preparado para arrostrar más molestias ni sinsabores por gentes que no saben distinguir.
          A pesar de esto confío en que el proyecto seguirá el curso que su importancia y necesidad le han de imprimir para bien de esa región, puesto que en ella hay espíritus dispuestos siempre a todo lo grande y generoso, que cuentan con grandes medios y saben armonizar del provecho propio con las necesidades públicas.
          La extensión que he dado insensiblemente a estas observaciones me obliga a ponerlas término, condensándolas en las siguientes conclusiones:
          1.ª  La apertura de un canal que permita la comunicación regular y permanente de las aguas del Mediterráneo con las del Mar Menor, no sólo contribuirá al radical saneamiento de la comarca, sino que será motivo de su engrandecimiento con el desarrollo de la pesca y de la riqueza general, fomentada por el establecimiento de nuevas industrias a que dará vida la facilidad de las comunicaciones y de los transportes.
          2.ª Como la construcción del puerto exige grandes estudios y trabajos de preparación que han de dilatar su realización, la apertura provisional satisface las exigencias urgentes de la salud pública y podrá servir de antecedente para apreciar la utilidad del puerto.
          3.ª  El temor de que las encañizadas queden estériles se desvirtúa con el recuerdo de que estas artes se emplean en sitios abiertos, y además porque el canal podría tener compuertas que se abrieran y cerraran oportunamente.
         4.ª Aun cuando la transformación afectara de un modo perjudicial a las expresadas encañizadas, esto no debiera ser motivo para impedir o detener una mejora que lleva consigo la satisfacción de las grandes necesidades de la vida moderna, porque los que las tienen arrendadas cesan en su derecho al terminar el plazo del arrendamiento y el Estado encontraría la compensación en el beneficio general, y los particulares que son dueños de las restantes recibirían la indemnización    que fuera justa si se demostrara el perjuicio y los términos de la concesión lo permitieran.
         5.ª La extensión superficial de la Albufera, la profundidad de sus aguas en gran parte de la misma y las condiciones del terreno que la circundan, hace suponer que el puerto podría establecerse en la parte comprendida entre el El Estacio, Isla Mayor, Los Alcázares y Los Nietos, donde podrían fondear buques de un regular calado, quedando resguardados de los vientos que son más frecuentes y peligrosos.
      6.ª El espacio considerable que media entre la línea que se destina a puerto hasta Santiago de la Ribera, San Pedro y Las Salinas sería el gran refugio de la pesca y las matrículas tendrían ancho campo para ejercer su profesión, no sólo en todo el espacio que constituye hoy el Mar Menor, con exclusión de la zona que está reservada a las referidas pesquerías si se creyera conveniente el conservarlas, sino que podrían extender sus operaciones hasta el Mediterráneo, donde encontrarían un manantial inagotable para aumentar los medios de subsistencia o de compensar la disminución de la pesca en la Albufera, caso de que esto sucediera en ciertas épocas del año.
        7.ª La entrada de los delfines o de otros grandes peces enemigos de las especies inferiores, no puede infundir recelo serio cuando su persecución y destrucción en un sitio limitado no sería cosa difícil y proporcionaría nuevos elementos de que podrían aprovecharse las matrículas, las cuales no deben olvidar que el Mar Menor atrae, por sus condiciones especiales, a esa variedad de peces que pululan en los grandes mares, y que en momentos dados, bien porque huyan de sus enemigos, o bien porque prefieran la poca profundidad del agua, caerían en las redes como maná bienhechor.
      8.ª La idea de que el arrastre de las arenas cegaría el canal y hasta inutilizaría el naciente puerto, no tiene consistencia si se tiene en cuenta que la pericia de los ingenieros sabría señalar el sitio adecuado para el emplazamiento de la obra, y con el empleo de dragas se desvirtuarían los efectos perniciosos de las corrientes, que son tan comunes aun en puertos como los de Cartagena, Valencia y Bilbao, que no pueden descuidar este servicio.
         9.ª Con este puerto se tendría un embarcadero seguro y La Unión daría fácil salida a los productos de su importante industria, libre de las trabas y de los inconvenientes que tienen otros puertos de más importancia, valiéndose de su proximidad al pueblo de Los Nietos(**), que, gracias al patriotismo y espíritu emprendedor del rico minero señor García Ros, Está llamado a un inmediato y sorprendente crecimiento.
       10.ª La posibilidad de entrar buques permitiría establecer el servicio de pequeños vapores, que no sólo se utilizarán para el cabotaje con los puertos de Cartagena y Torrevieja, sino para la comunicación entre los caseríos y pueblos que circundan la expresada Albufera, que con los nuevos elementos de vida y de prosperidad habían de prestar un buen contingente para el aumento de las relaciones entre unos y otros.
          Basta con este resumen para que se advierta lo que pierde el país y la generación presente con la demora en la realización de este proyecto, que redundaría en provecho de todos.  Aprobado el presupuesto para los estudios, debería llevarse a cabo en primer lugar el que se refiere a la apertura de un canal provisional, y después podría emprenderse el definitivo si el resultado confirmara las esperanzas que nos prometemos los que anhelamos el bien de nuestros conciudadanos.
          El Gobierno no ha podido hacer más en demostración de su interés por una obra de tanta utilidad e importancia; pero no olviden los que han de recibir el beneficio que para todo se necesita ambiente favorable, y que sin fe ni entusiasmo no se vencen los obstáculos que presentan siempre aquéllos que se complacen en levantar montañas donde sólo aparecen ligeras cañas.
          A pesar de mi desencanto, no faltará ahí quien tome el noble empeño de mirar por los que no conocen sus intereses, aunque sólo pueda esperar la ingratitud y el olvido.

JOSÉ MARÍA BARNUEVO



          Madrid, 31 de Marzo de 1902. 
 





Galería fotográfica:

Carta náutica del año 1817 de la entrada al Menor Menor por la torre de la Encañizada. Se nombran las encañizadas de La Llana, la Trabecia y la Goleta Mesana.  


Planta de situación de  la encañizada de La Torre. Siglo XVI. Fuente Archivo Municipal de San Pedro del Pinatar
Casone Serilla.JPG
(3) 

Aclaraciones:
(*) Sin dudar un ápice, yo apostaría que se refería a Dn. Tomas Maestre. 
(**) Ya lo fue en época de los romanos, el 2º puerto de Cartagena, por eso la carretera que va directa a la Unión y de ahí a Cartagena, que posiblemente los Cartagineses ya lo utilizaron,(desde luego los romanos si lo utilizaron, ya que hay restos arqueológicos de haber existido un poblado romano) ademas del Puerto que había en lo que luego se llamó el Almajal, puertos que alternaban según los vientos.



Créditos:
-Gracias:
A Jesús Montesinos Escribano, reeditor de este escrito en el año 2.002 con motivo del 28 aniversario de la Confitería "Montesinos Escribano"-.

-Al  Museo "Barón de Benifayó", de San Pedro del Pinatar, por los documentos de época reproducidos


© Enlaces relacionados: (1) El correo de Levante, (2) Diccionario histórico de los artes de pesca nacional, de D. Antonio Sañez Reguart, Comisario Real de Guerra y Marina, año 1792.
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©  Fotografías: https://www.facebook.com/search/top/?q=museo  (3) Laguna de Comacchio Di Vanni Lazzari - Opera propriaCC BYSA 4.0,    https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=42897683
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